En toda organización hay alguien así. Ese colega que cuestiona las decisiones en las reuniones. Ese jefe que sigue debatiendo un tema cuando todos los demás ya pasaron de página. Ese empleado catalogado como negativo, conflictivo o, simplemente, “difícil”. Con el tiempo, el grupo desarrolla una idea compartida: si esa persona cambiara, todo funcionaría mejor.
Esa explicación resulta cómoda porque es sencilla. Traslada el problema a una personalidad, no al sistema. Una vez que alguien es señalado como “la causa”, los demás pueden dejar de mirar hacia adentro. La reunión termina. La tensión parece resuelta.
Sin embargo, en muchos casos, la persona más difícil no es el origen del problema, sino su síntoma. Su conducta suele ser una señal temprana de que algo estructural no está funcionando. Cuando las organizaciones se enfocan en el tono y no en el contenido, corren el riesgo de perder información valiosa que está justo frente a ellas.
Qué está indicando realmente un comportamiento “difícil”
La fricción crónica casi nunca aparece al azar. Las personas que resultan constantemente difíciles suelen reaccionar ante problemas no resueltos que se repiten: prioridades poco claras, incentivos contradictorios, decisiones que cambian sin explicación o valores que se declaman, pero no se practican.
Cuando un sistema no logra procesar la retroalimentación, la presión se acumula. Algunos optan por desconectarse. Otros se van. Y unos pocos deciden quedarse y alzar la voz. Hacen preguntas incómodas, rechazan respuestas vagas y vuelven sobre los mismos puntos porque el problema de fondo sigue sin resolverse.
Con el tiempo, esa insistencia se reinterpreta como un rasgo de carácter. El calificativo cambia de “comprometido” a “difícil”. Y una vez que eso ocurre, el sistema deja de escuchar. El mensaje pierde relevancia porque se desacredita al mensajero.
Esto no significa justificar comportamientos irrespetuosos. Hay personas que comunican mal o con poca empatía. Pero cuando el mismo tipo de fricción aparece repetidamente en diferentes contextos, lo más probable es que esté señalando fallas sistémicas más profundas, no un simple conflicto interpersonal.
Por qué las organizaciones tienden a silenciar la señal
Las empresas suelen intentar acallar a las personas difíciles por razones comprensibles. El conflicto retrasa las reuniones, genera incomodidad y desafía el impulso natural de avanzar. Desde la óptica de la eficiencia, gestionar a la persona parece más rápido que revisar el sistema.
También hay un componente de poder. El comportamiento desafiante suele cuestionar decisiones o suposiciones en las que los líderes invirtieron tiempo, reputación o autoridad. Al etiquetar al individuo como “el problema”, se protege el statu quo.
Desde la psicología de grupos, la tendencia a buscar armonía también juega su papel. La disidencia se percibe como falta de lealtad, especialmente cuando se expresa con emoción o insistencia. Así, el tono se convierte en una excusa para ignorar el contenido.
La ironía es que, al hacer esto, las organizaciones pierden su fuente de datos más honesta. La persona que insiste en señalar fallas suele ser la que más comprometida está con el funcionamiento del sistema. Cuando es marginada o silenciada, los problemas no desaparecen: simplemente se trasladan al subsuelo. Reaparecen más tarde en forma de desmotivación, rotación de personal o crisis inesperadas.
Cómo los líderes pueden leer la señal sin premiar el conflicto
El desafío para los líderes es distinguir la señal del estilo. No toda queja es válida, ni todo enfrentamiento merece tolerancia. Pero cuando una fricción se repite en el tiempo, merece análisis, no desestimación.
Un enfoque útil es observar patrones:
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¿El mismo tema surge en diferentes reuniones o áreas? Si sí, probablemente el problema sea estructural.
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¿Qué pasa cuando la persona difícil no está? ¿La tensión desaparece o simplemente se desplaza?
También conviene reformular el papel de la disidencia. En lugar de pedirle a la gente que sea “menos difícil”, preguntarse qué hace que ese tema sea tan difícil de resolver. Ese cambio de foco traslada la conversación de la personalidad al proceso.
Crear canales estructurados para expresar desacuerdos ayuda a reducir la presión emocional. Cuando las personas perciben que el sistema puede escuchar y responder, la intensidad del conflicto disminuye. Lo que parecía comportamiento problemático suele transformarse en una contribución constructiva.
Por último, los líderes deben modelar curiosidad en lugar de defensividad. Preguntar “Ayudame a entender qué te preocupa de esto” envía el mensaje de que la tensión se valora como información. Esa actitud no debilita la autoridad: fortalece el aprendizaje organizacional.
Conclusión
La persona más difícil de la sala rara vez resulta cómoda, pero con frecuencia está diciendo lo que otros callan. Las organizaciones que aprenden a interpretar esa señal obtienen una ventaja: acceden a información que otros ignoran.
Las que prefieren silenciarla tal vez disfruten de reuniones más tranquilas, pero tarde o temprano pagan un precio más alto. Porque, al fin y al cabo, ignorar el conflicto no resuelve el problema: solo lo posterga.
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